lunes, 19 de septiembre de 2011

La bicicleta y yo

bici

Escrito por Emilio Gerzaín Manzo Lozano
Profesor Investigador de Tiempo Completo en la Facultad de Ciencias de la Educación de la Universidad de Colima.

He de confesar que siempre he mantenido distancia con este artefacto. Sin embargo ella está presente a lo largo de mi vida. Esto no quiere decir que disfruto de paseos campiranos admirando el paisaje mientras aporreo los pedales, pero la verdad es otra: nunca aprendí a andar en bicicleta, los pedales y yo somos totalmente incompatibles. A la edad de cinco años recibí una bicicleta que a cada lado de la llanta trasera, traía una pequeña rueda a cada lado, mismas que no fueron suficientes para mantener mi equilibrio. Es que la tarea no era sencilla: el niño pesaba como tres veces más que un niño común y el conducto- este que ahora les habla- caía a cada rato a pesar de las llantitas complementarias. Conclusión: la bicicleta se llenó de óxido, telarañas y polvo y no sé qué habrá sido de ella.

Con el paso del tiempo descubrí que la bici, como comúnmente le decimos aparece en mi historia familiar: allá por la década de los sesenta, un hermano de mi mamá trabaja de cajero en el extinto Banco de Comercio –ahora BBVA, como todos sabemos el manejo del efectivo en billete lleva un exhaustivo registro por clave, en uno de esos días mi tío que tenía fama de estricto y buen trabajador, resultó con el dinero incompleto al cierre de las operaciones. Analizando las claves de los billetes entregados detectó que, en uno de los retiros, había entregado diez mil pesos de aquello que valían, a un cliente de Tepames. Cerca de las ocho de la noche, en compañía de otros jóvenes emprendió el traslado hasta ese poblado, donde fueron recibidos por el poseedor del dinero, mismo que les fue devuelto no sin antes reconocerles su esfuerzo.

Crecí entre dos barrios: El cuajiote y El venado, en donde era usual escuchar historias de espantos y aparecidos. Una de estas contaba que entre la madrugada se oía el chirrido de las llantas de una bicicleta, pero para sorpresa de quien se atrevía a asomarse por su puerta o su ventana, sólo el viento repetía el trazo de las llantas sobre el empedrado pero ni el artefacto menos el tripulante eran percibidos.

También era común los domingos ver, en aquel lugar poblado de albañiles, tortilleras y mecánicos, a un hombre montado en su bicicleta llevando en la parrilla sobre la llanta trasera a su esposa y en los brazos de ésta un niño pequeño. O por las mañanas, pasaba el canasta del pan calientito, pero el canasto del pan iba sobre la cabeza de un señor que silbaba una canción mientras pedaleaba y pedaleaba su bicicleta.

Ahora que varios ciudadanos, los que amablemente me invitaron, decidieron promover el uso de la bicicleta debidamente sustentado por la ley, me siento más que emocionado. Ignoro si en mi futuro está andar los caminos sobre una bicicleta, lo que si les aseguro, es que disfrutaré sabiendo que hay muchas personas sanas a mi alrededor, que el mundo tendrá menos contaminación y que mi ciudad, será armónica con el ambiente, porque como dijo Einstein: La vida es como montar en bicicleta. Si quieres mantener el equilibrio no puedes parar.

1 comentario:

  1. La bici y yo nunca nos llevamos, muy bien cuando tenía triciclo, pero al crecer y cambiar de vehículo ( que me rentaba mi papá, )mis amigas eran las ganonas porque siempre eran ellas las que gozaban de casi media hora, con el consiguiente enojo de mi papá,pero mi relación con la bici fué como un mal matrimonio, de puro trancazo, así que como todas las malas relaciones, terminamos divorciándonos y nuca mas tratarnos. Sin embargo me gusta muchísimo ver a niños y adultos en sus bicis y les tengo mucha envidia, por poder guardar el equilibrio, y que ellos si pudieron llevar a buén fín su bicirelación.

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