jueves, 14 de julio de 2011

Imaginando un Colima para todos


Por David E. Monroy Rodríguez
Salir al jardín, entrar a un campo deportivo, visitar una iglesia, a la familia o a los amigos, son actividades normales y fáciles de hacer casi para todos. Basta con tomar una decisión, levantarse, caminar un poco y llegar hasta donde deseamos. Sin embargo, vale recordarlo, hay una gran cantidad de personas con problemas de movilidad que cualquiera de estas sencillas acciones se les complica a veces hasta lo imposible.

Quienes han tenido la ocasión, por una lesión temporal o en la convalecencia de alguna enfermedad, de movilizarse en una silla de ruedas o apoyados por una andadera o muletas, saben de la enorme dificultad que significa estar frente a un pequeñísimo escalón, en medio del empedrado de una calle, o ante una puerta o un baño que por estrecho representan una barrera casi insalvable. Si no ha tenido la ocasión, ¿puede usted imaginarlo?. Yo creo que sí.

Sitúese por un momento sentado en una silla de ruedas sin posibilidad de levantarse, e imagine que esas sencillas actividades quiera realizarlas todos los días de su vida. Y no sólo eso, también desea acudir a la escuela, tener un trabajo, hacer deporte, es decir, actividades no solamente sencillas sino trascendentales para la vida de una persona. Por más deseos, y por más derechos escritos en las leyes, enorme resultará la frustración cuando un pequeñísimo escalón o una rampa empinada se interponen entre usted y la vida.

En el caso de que cuente usted con uno o dos amigos, o familiares, que le ayuden cada vez para subir y bajar escaleras, o para atravesar esas características calles irregulares en nuestra ciudad, podría imaginar también el sentimiento de dependencia, de estorbo, de estar quitándole el tiempo a los demás, de no sentirse independiente, de no sentirse libre.

Imagine ahora que su problema no son sus pies, sino sus ojos, y que se encuentra usted en medio de la calle, sin un teléfono celular para comunicarse, sin otro transeúnte al alcance para preguntarle, y sin la más puta idea de para dónde caminar. A mí, solo de pensarlo, me estremece imaginar que en el próximo paso voy a estrellarme de frente, voy a caer, o me van a atropellar.

Como esos casos, podemos seguir imaginando muchísimos más, el de un alumno sordo que no puede comunicarse con sus maestros ni jugar con sus compañeros. El de un adulto mayor que carga con el peso de los años y se enfrenta a los pisos resbalosos, a las escaleras pronunciadas, o a las altas velocidades de los imprudentes conductores. Podemos imaginar también el temor de una mujer embarazada, o de un padre con su hijo en brazos, de tropezar con las raíces salientes de un ficus, o con la banqueta destrozada por cualquier cosa.

Para complementar el ejercicio, imagine ahora el resultado de todas esas imposibilidades y todas esas frustraciones, repetidas una y otra vez durante todo el día y durante todos los días de su vida. Cualquiera, en poco tiempo estaría padeciendo problemas emocionales, no sólo por sentirse frustrado en el traslado de un lugar a otro, sino también por sentirse inútil o improductivo ante la imposibilidad de estudiar o conseguir un empleo.

Ahora puede agregar el ingrediente emocional de la familia. Con gastos excesivos por tratamiento médico, rehabilitación, adaptaciones al hogar, necesidad de atención y tiempo, cansancio, dolores y lesiones de quienes le ayudan. Y un sinnúmero de factores que deterioran el entorno familiar, y harán cada vez más difícil encontrar una solución a la problemática.

Culminado el ejercicio tendremos ahora un mapa mental sobre las dificultades de una persona con problemas de movilidad reducida, principalmente de las que padecen algún tipo de discapacidad. Podemos ahora entender la importancia de diseñar y construir en nuestra ciudad entornos accesibles para todos. Accesos, áreas de circulación, comunicación e información que puedan ser usados por cualquier persona en iguales circunstancias, para que cada quien pueda movilizarse u orientarse sin problemas, ir al jardín, a la iglesia (para agradecerle o reprocharle a quienquiera), a la escuela, al trabajo, o a donde nos siga alcanzando la imaginación para hacer real nuestro derecho a vivir en comunidad.

Cada día luchamos para que los líderes de nuestras comunidades y del gobierno nos escuchen y nos entiendan. Queremos que ellos realicen este ejercicio imaginativo para que se sensibilicen a lo que significa andar por la ciudad en una silla de ruedas, con muletas o sin poder ver. Para lograr esto, estamos formando un Comité de Participación para la Movilidad Urbana, conformado por gente de diferentes sectores de la ciudad, para que tengan presentes las necesidades de todos los colimenses. La Fundación Colima Accesible colabora con el IPCO para asegurar que podamos alcanzar estos objetivos.

Nuestro lugar está en la comunidad de todos; no aislados en la habitación de nuestra casa; ni relegados en el salón de clase porque el maestro no nos entiende ni sabe cómo explicarnos; ni sentados como saleros en un cine o en un teatro porque a nadie se le ha ocurrido quitar dos butacas en la orilla de cada fila para sentarnos junto a nuestro acompañante, en lugar de quitar una fila completa “para que ahí se acomoden todos los que van en silla”. Nuestro lugar, pues, está en el lugar de todos.

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