martes, 2 de noviembre de 2010

Colima: ¿Conurbada o metropolitana? (parte II)

ESCRITO POR GISELA MÉNDEZ 


Hoy en día, decir que somos una metrópoli nos da acceso a nuevas esferas de la discusión urbana, pero eso no quiere decir que no hayamos sido ya, desde la fundación de nuestras ciudades, una zona metropolitana. Una ley no nos hace metropolitanos, tampoco un reconocimiento del Congreso, ni mucho menos una forma de gobierno. Debemos comprender que somos metropolitanos desde el momento en que la palabra se acuñó a dinámicas urbanas como la nuestra, donde diferentes territorios, con diferentes nombres y dueños, se necesitan unos a otros para sobrevivir por su proximidad.

Ser una zona metropolitana nos permite reconocernos en nuestra unidad, dependencia, independencia, diversidad y nuestras múltiples identidades. Definir la metrópoli con responsabilidad ética quiere decir en primer lugar determinar quiénes forman parte de la ciudad, quiénes hacen funcionar la ciudad y cómo la hacen funcionar, a quién le pertenece la ciudad y –como lo escribe David Harvey, quién tiene “derecho a la ciudad”?


Llámese delegaciones, municipios o regiones, el fenómeno metropolitano cambia constantemente su escala debido a las dinámicas que introduce la globalización, con la necesidad de alianzas entre territorios para incrementar su potencial en la competencia económica global. Ser urbanamente competitivos resulta una determinante para la delimitación, ampliación o disminución de una metrópoli, donde la dependencia o influencia dominante funciona como criterio de delimitación no sólo para la suma de actividades que desarrollan las personas que viven, sino también para cubrir la necesidad de una eficiencia urbana integral que beneficie al ente en su conjunto a través de un proyecto de ciudad único, que sea capaz de conciliar la multiplicidad de identidades que la conforman.

Para Colima y nuestros gobernantes es tiempo de reconocer que no podemos seguir pensando en la gestión de nuestro territorio de forma aislada. Para esto nos debe servir la denominación de “zona metropolitana”, para darnos cuenta que somos un solo territorio. Pensar juntos es un deber ético, es un deber de justicia distributiva, es ser conscientes que nuestras acciones tendrán un impacto fuera de nuestros límites de jurisdicción.

Las ciudades son organismos vivos, que crecen, se adaptan a los cambios, evolucionan pero también se deterioran en razón de lo que nosotros mismos decidamos hacer con ellos. Pensemos en nuestras ciudades, nuestra zona metropolitana como un cuerpo humano, sus partes existen y funcionan con una lógica de cooperación obligada, no voluntaria, y aunque las piernas son diferentes a los brazos, cada parte no tiene un cerebro separado que decide independientemente su proceder. Dejemos de querer ser miembros de un solo cuerpo en competencia, de lo contrario la competencia la ganarán otros.

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